Él tenía apenas 22 años de edad.

Era Navidad, año 1931.
Ciro se dirigía, acompañado de Mariano Alcántara, un amigo contemporáneo suyo, al local del Partido Aprista,movimiento político y social que había surgido hacía pocos años para realizar grandes cambios estructurales y proponer la unión de los países hispanoamericanos contra el imperialismo de los Estados Unidos, en Trujillo para colaborar en el reparto de alimentos para los niños pobres.

Unas horas después
de dicha actividad, Ciro y Mariano bebían con otros compañeros el tradicional chocolate caliente de Nochebuena. En eso, al joven escritor le llamaron la atención los ojos de una bella mujer y la invitó a salir a pasear por la colindante Plaza de Armas de Trujillo. Eso le salvaría la vida.

Cuando faltaban unos minutos para la medianoche, un camión con soldados estacionó frente al local del partido. Los recién llegados portaban ametralladoras. Algunos se apostaron frente a la puerta. Un grupo de ellos penetró en el local haciendo disparos a diestra y siniestra. Hubo decenas de muertos. La mayoría de aquellos eran, por cierto, niños y amas de casa.

Por su parte, Mariano Alcántara, cansado de esperar a su amigo, se había echado a dormir bajo el escritorio de la oficina administrativa. Cuando entraron los soldados disparando, creyeron que una de sus ráfagas lo había liquidado.

En julio del año siguiente estallaría en esa misma ciudad una revolución que estaba destinada a ser el punto de partida de una formidable insurgencia social en el Perú. Es normal que el joven universitario Ciro Alegría participara en ella. Los rebeldes tomaron el cuartel de la ciudad y por una semana instalaron un gobierno popular. Sin embargo, las fuerzas armadas sitiaron Trujillo por aire, mar y tierra y, después de muchos desiguales combates, aplastaron la rebelión. Miles de trujillanos fueron fusilados sumariamente frente a los paredones de la antigua ciudad pre-hispánica de Chan Chan.

Ciro pudo ser uno de ellos, pero la muerte aún no lo tenía en sus listas. Luego de andar perseguido a saldo de mata, fue finalmente apresado. Unos tribunales marciales decidieron su ejecución. En la cárcel, esperó durante meses que se cumpliera la fatídica sentencia.

Alegría contó después de mucho tiempo que allí, entre sueños y en medio de las cuatro paredes carcelarias, había visto a Rosendo Maqui y a los diversos personajes de su épica novela “El mundo es ancho y ajeno”. “Me moría de ganas de salir de allí para escribirla”.-mencionó luego.

En la obra, publicada nueve años más tarde, los indios de una comunidad andina tienen que afrontar la invasión de sus tierras por el latifundista a quien protegen las fuerzas armadas y las leyes de la república. Sólo la naturaleza que les confiere misticismo y una tremenda resistencia ancestral harán que la comunidad india persevere en su lucha. Ganadora de un
premio internacional y publicada en 1941, esa novela significaría también el primer ingreso de la figura del indio en la literatura peruana.

Antes de que ella se publicara, los indios no habían sido considerados dignos de entrar en las páginas todavía coloniales de los autores peruanos.

1 comentario:

J1m3n@ dijo...

Como sabemos los blancos no son mejores que los negros, ni los chinos, ni los indígenas. Pues el ser mejores depende de nosotros mismos. Ciro Alegría recalca mucho las virtudes de los indígenas; es uno de aquellos que encuentra el sentido y la razón de ser simplemente nosotros.

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